Cuando las represas están llenas, la discusión sobre la escasez parece lejana. Es precisamente en este punto donde debes decidir cómo actuar cuando se acabe el agua. Las reglas más difíciles de aplicar no pueden inventarse en el momento de mayor presión; hay que construirlos con antelación, datos y transparencia.
¿Es la agricultura un usuario más?
La respuesta no es ni completamente blanca ni completamente negra. La agricultura no puede reclamar prioridad automática, pero tampoco puede ser tratada como un consumidor común y corriente. Produce alimentos, empleos y exportaciones y mantiene cadenas de valor que no pueden reconstruirse de un año para otro. Un corte de agua puede destruir años de inversión y capital productivo.
Esto hace que el sector sea estratégico, pero no elimina la responsabilidad de utilizar el recurso de manera eficiente. La prioridad debe ir acompañada de criterios. Quienes reducen las pérdidas, protegen el suelo, adoptan tecnología y producen más valor por unidad de agua demuestran una capacidad diferente para responder al interés colectivo.
Decidir antes de la crisis
La sequía no debería ser la primera vez que se realizan mediciones serias. Los planes de contingencia, las reglas claras, el seguimiento del consumo y los escenarios conocidos permiten tomar decisiones difíciles con antelación. También ayudan a evitar que cada restricción se negocie como una excepción sin contexto.
Sin datos, la gestión se convierte en opinión. Sin reglas, la escasez se convierte en conflicto. Es necesario conocer la disponibilidad, el consumo, las pérdidas, las necesidades de los cultivos y el impacto de las diferentes decisiones. La información por sí sola no resuelve la disputa, pero mejora la calidad de la conversación.
Eficiencia como legitimidad
La legitimidad para reclamar el acceso no debería depender únicamente del hábito o del volumen histórico utilizado. Debe considerar el valor creado, la eficiencia alcanzada y el esfuerzo realizado para reducir la presión sobre el recurso. Esto crea un incentivo para invertir antes de la crisis y recompensa comportamientos que aumentan la resiliencia del sistema.
El país no necesita un ganador en la disputa por el agua. Necesita un sistema que reduzca los conflictos y proteja la producción esencial. Decidir bien es una nueva forma de productividad: significa crear más valor con reglas que puedan entenderse, medirse y aplicarse.